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REVISTA DE LA INSPECCIÓN - Nº 1 - SEGUNDA ÉPOCA . ABRIL 2006
Por Emilio Vicente Matéu

Muchos hemos soñado, de vez en cuando, con el momento de la jubilación, entendido como acceso al goce total del albedrío y al disfrute de cuanto no hemos tenido ocasión de alcanzar a lo largo de los días. Hemos imaginado las supuestas maravillas de ese “dolce far niente” que, paradójicamente, nos abra las puertas a una etapa en la que nos imaginamos afanados en mil cuestiones aparcadas durante años.

Y cuando al fin llega el día, si bien es verdad que muchas de esas mieles se saborean, no es menos verdad que también se nos plantean interrogantes que dan pie a una reflexión abierta sobre la vida y su sentido. Y en estas preguntas con frecuencia se cuestiona la totalidad de la vida, según le haya correspondido vivirla a cada cual: para algunos, puede que las experiencias primeras resultaran tristemente determinantes; otros denostan el desconcierto de su juventud; muchos temen las incógnitas de la edad madura.

Entiendo que dividir la vida por etapas, no pasa de ser una cuestión metodológica adaptada a las limitaciones de nuestra capacidad de comprensión y entendimiento; quizás, de una forma sencilla, la reflexión de Cicerón pueda ayudarnos a mirarla desde una perspectiva más globalizada: “…Los que en sí mismos no tienen ningún recurso para vivir tranquila y felizmente, juzgan incómoda toda edad; pero los que encuentran todos los bienes dentro de sí mismos, nada de lo que acontece por necesidad de la naturaleza les puede parecer malo”[1].

En este sentido, me resisto a contemplar el momento de la jubilación como la llegada a una nueva etapa de la vida. La vida en su totalidad, desde el primero hasta el último de sus momentos, es un regalo gratuito que asumimos, y ante el que no cabe mejor actitud que la aceptación agradecida y el empeño por responder al mismo. Y la respuesta concreta que cabe ante la vida es vivirla con plenitud, con pasión, con sentido; en toda su extensión y en toda la profundidad que abarca tanto la dimensión individual como su proyección participativa, solidaria y situada en unas circunstancias concretas de tiempo y de lugar. Estamos, pues, enmarcados en una dimensión ontológica de nuestra realidad más profunda, a la que damos forma inmediata desde el quehacer concreto, independientemente de cuál sea éste en los distintos momentos de la vida, aun cuando, en muchas ocasiones, la mirada hacia nuestra propia historia pasada nos pueda hacer suponer lo contrario.

Por eso, el júbilo que va implícito a la jubilación es el mismo que va unido a la alegría de vivir; y como tal, su importancia no radica en alcanzar un determinado momento, sino en haber llegado a ese punto manteniendo viva y creciente la ilusión de ser y de existir. Las posibilidades nuevas habrán de ser conocidas, asumidas, preparadas o improvisadas; pero siempre con el convencimiento de que las opciones distintas están ante nosotros y que todas se corresponden con la misma celebración de la vida.

Qué duda cabe que llegado el momento de la jubilación podemos hacer muchas cosas nuevas y distintas, o incluso de relevancia significativa, porque “las grandes cosas no se realizan con las fuerzas físicas ni con la velocidad o agilidad corporal, sino con autoridad, consejo y prudencia…”[2]. O también: “Hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorar con los años”.[3] Pero en este sentido habrá sido un ejercicio de sabiduría el acierto de progresar en la vida con el caudal de nuestros recursos personales, convenientemente enriquecido; sabiendo cantar siempre el único poema posible, aunque expresado con la música que mejor cuadre a cada momento.

Por todo ello, con nuestra palmadita amistosa cuando llega el día; o con el brindis más o menos oportuno; o con la inevitable referencia a la cercanía etimológica de júbilo, no podemos olvidar que seguimos siendo tan compañeros de camino como ayer, en este río de la vida del que todos bebemos y que a todos nos configura.


[1] Cicerón. De senectute.

[2] O.c.

[3] Cervantes. Don Quijote. II Parte, prólogo.