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Muchos hemos soñado, de vez en
cuando, con el momento de la
jubilación, entendido como acceso al
goce total del albedrío y al
disfrute de cuanto no hemos tenido
ocasión de alcanzar a lo largo de
los días. Hemos imaginado las
supuestas maravillas de ese “dolce far niente” que, paradójicamente,
nos abra las puertas a una etapa en
la que nos imaginamos afanados en
mil cuestiones aparcadas durante
años.
Y
cuando al fin llega el día, si bien
es verdad que muchas de esas mieles
se saborean, no es menos verdad que
también se nos plantean
interrogantes que dan pie a una
reflexión abierta sobre la vida y su
sentido. Y en estas preguntas con
frecuencia se cuestiona la totalidad
de la vida, según le haya
correspondido vivirla a cada cual:
para algunos, puede que las
experiencias primeras resultaran
tristemente determinantes; otros
denostan el desconcierto de su
juventud; muchos temen las
incógnitas de la edad madura.
Entiendo que
dividir la vida por etapas, no pasa
de ser una cuestión metodológica
adaptada a las limitaciones de
nuestra capacidad de comprensión y
entendimiento; quizás, de una forma
sencilla, la reflexión de Cicerón
pueda ayudarnos a mirarla desde una
perspectiva más globalizada:
“…Los que en sí mismos no tienen
ningún recurso para vivir tranquila
y felizmente, juzgan incómoda toda
edad; pero los que encuentran todos
los bienes dentro de sí mismos, nada
de lo que acontece por necesidad de
la naturaleza les puede parecer
malo”.
En
este sentido, me resisto a
contemplar el momento de la
jubilación como la llegada a una
nueva etapa de la vida. La vida en
su totalidad, desde el primero hasta
el último de sus momentos, es un
regalo gratuito que asumimos, y ante
el que no cabe mejor actitud que la
aceptación agradecida y el empeño
por responder al mismo. Y la
respuesta concreta que cabe ante la
vida es vivirla con plenitud, con
pasión, con sentido; en toda su
extensión y en toda la profundidad
que abarca tanto la dimensión
individual como su proyección
participativa, solidaria y situada
en unas circunstancias concretas de
tiempo y de lugar. Estamos, pues,
enmarcados en una dimensión
ontológica de nuestra realidad más
profunda, a la que damos forma
inmediata desde el quehacer
concreto, independientemente de cuál
sea éste en los distintos momentos
de la vida, aun cuando, en muchas
ocasiones, la mirada hacia nuestra
propia historia pasada nos pueda
hacer suponer lo contrario.
Por
eso, el júbilo que va implícito a la
jubilación es el mismo que va unido
a la alegría de vivir; y como tal,
su importancia no radica en alcanzar
un determinado momento, sino en
haber llegado a ese punto
manteniendo viva y creciente la
ilusión de ser y de existir. Las
posibilidades nuevas habrán de ser
conocidas, asumidas, preparadas o
improvisadas; pero siempre con el
convencimiento de que las opciones
distintas están ante nosotros y que
todas se corresponden con la misma
celebración de la vida.
Qué duda
cabe que llegado el momento de la
jubilación podemos hacer muchas
cosas nuevas y distintas, o incluso
de relevancia significativa, porque
“las grandes cosas no se
realizan con las fuerzas físicas ni
con la velocidad o agilidad
corporal, sino con autoridad,
consejo y prudencia…”.
O también: “Hase de advertir
que no se escribe con las canas,
sino con el entendimiento, el cual
suele mejorar con los años”.
Pero en este sentido habrá sido un
ejercicio de sabiduría el acierto de
progresar en la vida con el caudal
de nuestros recursos personales,
convenientemente enriquecido;
sabiendo cantar siempre el único
poema posible, aunque expresado con
la música que mejor cuadre a cada
momento.
Por
todo ello, con nuestra palmadita
amistosa cuando llega el día; o con
el brindis más o menos oportuno; o
con la inevitable referencia a la
cercanía etimológica de júbilo, no
podemos olvidar que seguimos siendo
tan compañeros de camino como ayer,
en este río de la vida del que todos
bebemos y que a todos nos configura.
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