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REVISTA DE LA INSPECCIÓN - Nº 1 - SEGUNDA ÉPOCA . ABRIL 2006
Por Oswaldo Izquierdo Dorta

DESDE UN SUPUESTO JÚBILO:

A Milagros, Paquita y Álvaro, con los que se extingue una estirpe de Inspectores de educación que marcó época. 

Cuando la profesión se ha convertido durante muchos años en hábito cotidiano; cuando hemos llegado a considerarla como nuestra seña de identidad; cuando estamos acostumbramos a que la semana tenga sólo dos dimensiones: de lunes a viernes y de sábado a domingo; cuando todas las respuestas están condicionadas por la escasez de tiempo libre…nos asusta pensar en el momento en el que sea necesario terminar con esa ocupación que nos ha venido absorbiendo por completo, sin dejarnos espacio suficiente para otras actividades. Ante el enorme hueco de horas y días que amenaza generar esa pérdida, se agolpan ansiosas las preguntas y las consideraciones: ¿Y qué voy a hacer ahora? ¡Pero si yo sólo sirvo para esto! Y nos entra una zozobra y una ansiedad que nos conducen a una situación casi depresiva. Se trata del horror al vacío, por haber considerado la profesión como un enorme globo que lo ocupaba todo y que al reventar nos deja sueltos en el aire y sin paracaídas.  

Esta propensión a sustituir el todo, la vida en este caso, por una de sus partes, la profesión, es lo que en lingüística se conoce por sinécdoque. Así, llamamos molino a toda la maquinaria y al edificio que la alberga, cuando el término molino, en rigor, sólo se refiere a las muelas o piedras que sirven para triturar el grano; o vela a todo el barco, cuando se trata sólo de una de las partes  que constituyen el mismo.

La sinécdoque está considerada como una figura semántica que se caracteriza por transferir el significado de una palabra a otra, con la que guarda una relación de contigüidad del tipo de inclusión, ya que, un término contiene al otro.

En nuestro caso, el miembro de menor extensión, la profesión, forma parte de un conjunto implícito que está representado por el de mayor extensión, la vida. Dándole al tema una formalización lingüística, en el territorio de los campos semánticos, podríamos decir que la existencia es un semema constituido por un conjunto de semas (rasgos distintivos), entre los que se halla la profesión, y representarlo de la siguiente manera:

Vida humana = amor, familia, amistad, profesión, aficiones…

Se trata, pues, en la situación que planteamos, de una interdependencia sémica, que consiste en transferir el significado de todo el semema a un sema determinado, hipertrofiando la extensión de éste al atribuirle un espacio que le es impropio, prescindiendo, además, de los restantes semas.

El hecho, en lingüística, no tiene mayor trascendencia, pero, si se asume vitalmente, empieza a ser preocupante. Cuando una persona interioriza su profesión hasta el punto de convertirla en la razón de toda su vida, corre el riesgo de identificar la jubilación con el final de su existencia.

La vida humana es altamente compleja, ya que está constituida por diversos agentes, además de los reseñados, como la salud, la edad, la comunicación, la sensibilidad… y tiene, en resumen, toda la riqueza y variedad de perspectivas de un poliedro, por lo que limitarla a uno sólo de sus componentes sería reducirla a una figura plana.

La importancia de la profesión, que es mucha, se halla, aparte de la nómina, en la realización personal, en la proyección social, en la solidaridad grupal… pero no es  saludable entenderla como la columna vertebral de la existencia, porque lo que le da sentido a la vida, que alguno ha de tener, o lo que permite mantenernos a flote, no es sólo la profesión, que sería insuficiente, sino ese entramado de múltiples factores que estabilizan y enriquecen la existencia.

El ser humano necesita muchos elementos que generen, día a día, una energía especial e imprescindible que se llama ilusión, que es algo así como un haz de luz, tan intangible como eficiente, que se expande y contagia su fuerza al resto de los elementos, y no importa que alguno de ellos caduque, es el destino de todos, porque siempre quedarán otros capaces de generar esa energía que día a día impulsará nuestro vuelo, hasta que el tiempo derrita la cera de nuestras frágiles alas.